miércoles, 19 de agosto de 2009

Resistiendo la patagonia



"Enduring Patagonia" de Greg Crouch es un libro reveledor para mi, lo leí en un momento no tan bueno de mi vida y me enseño que hasta los más grosos tienen momentos de debilidad, el tema es que hacen con ello. Acá esta el capítulo introductorio al libro (lástima que solo está en inglés) traducido por mi (pido disculpas desde ya, je).

Ascensos, descensos, cumbres, y la naturaleza del alpinismo
El ritmo del ascenso y descenso gobierna la existencia alpina. Como las ondas del océano, las ondas se suceden unas a otras, nos elevamos y bajamos, nos elevamos y bajamos en una procesión mágica. ¿Quién puede definir que misterioso imperativo mueve al hombre?
Ascensos y descensos, subidas y bajadas, para los “no iniciados” estas parecen dibujar un gráfico infinito de onda sinusoidal. Pero los ascensos y descensos de un alpinista difieren unos de otros en la misma forma en que difieren dos sonrisas o dos puestas de sol.
Generalmente, ascensos y descensos pueden ser divididos en dos grandes categorías: buenos y malos. Y la distinción no tiene nada que ver con alcanzar o no la cumbre en el medio. Un buen ascenso es una victoria. Un buen ascenso puede ser una cumbre bien ganada bajo un cielo azul; o puede ser como la pelea de un boxeador que sabe que no tiene chances contra su oponente, cuya victoria es el valor de entrar en el cuadrilátero y luchar lo más que se pueda. La historia, sin embargo, rara vez graba esos triunfos del corazón.
Así es para los alpinistas, para quienes sus mayores logros y sus más notables muestras de carácter son a menudo conseguidas en causas perdidas. Fracasar es parte del juego, un fracaso puede ser magnífico, porque a menudo es más difícil no escalar una montaña que hacerlo. En el otro extremo del fracaso están las excusas, como los casos de “torcedura Cerro Torre” o “dolor de estómago Fitz Roy”, dos enfermedades comunes que aparecen cuando el tiempo mejora. Esas pobres excusas tienen poco que ver con el reconocimiento honesto de que uno no está preparado todavía para el emprendimiento, y sobre todo nada que ver con la fiebre que le agarra al alpinista ambicioso con la mas leve insinuación de una mejora en el clima.
Un buen ascenso es un pequeño grupo de alpinistas viajando livianos y veloces en una montaña grosa equipados con las más simples herramientas del alpinismo: un par de cuerdas, mosquetones, empotradotes, grampones y piquetas, un poco de comida y agua, ropa y equipo de campamento. Nada más, y muchas veces menos. Un buen ascenso nos eleva hasta encontrarnos con las dificultades de la montaña. Buenos ascensos son aquellos hechos en “estilo alpino”, sin la sucesión de campamentos bien equipados y sin un exceso de cuerdas fijas para acelerar el progreso sobre las dificultades de la montaña, para ayudar al reaprovisionamiento de los campamentos o para asegurar el descenso. Los ascensos en estilo alpino son hechos sin el uso de guías o ayuda de otras personas y se hacen de un solo tirón.

Escalando la vía Ferrari del Cerro Torre - Foto del Libro

Los malos ascensos disminuyen el desafío que nos plantea la montaña con sus técnicas, y son llamados: escalada en “estilo expedición”. Los viajes del hombre a la luna demuestran que podemos sobreponernos a cualquier obstáculo con nuestros vastos recursos. No hay necesidad de poner a prueba el mismo punto en las montañas. El alpinismo no significa solo llegar a lo más alto de un elemento geográfico, significa escalarlo bien. Las montañas se merecen nuestros mayores esfuerzos. De otra forma el comportamiento alpino se degenera en tan solo en una pieza de ingeniería. ¿Qué tipo de ingeniería es aceptable en el alpinismo?, la construcción de un sistema eficiente de protección con cuerdas y equipo, el cual es mas elegante cuando es temporal, y rápidamente desarmado por el segundo. Así, los escaladores dejan muy poca huella cuando ascienden una gran montaña. Hecha bien –con balance, con disciplina, coraje, habilidad y buenas desiciones - una escalada se convierte en un ascenso. Un alpinista se esfuerza para hacer más con menos, y llegar más alto en virtud de lo que ha elegido hacer ante la falta de… El alpinismo es un emprendimiento humano donde “más, hecho con más, es definitivamente menos”. Los malos ascensos son la victoria de un ejército, aunque sea pequeño, y una derrota para el alpinismo.
El espíritu del alpinismo es viajar liviano y rápido a través de paisajes peligrosos persiguiendo una estrella personal. Eso es ascender.
Como los ascensos, los descensos están categorizados entre buenos y malos, y no se necesita ser un conocedor del tema para ver la diferencia. Más exactamente, los descensos son controlados o descontrolados. Un descenso controlado es sobrevivir ileso, de la otra forma no, y la muerte es el peor de los fracasos.
Sin embargo, un descenso controlado de una gran montaña es más fácil de comprender que de ejecutar. En el descenso nos enfrentamos a peligros reales. Ya hemos pasado por las dificultades físicas y técnicas del ascenso y tal vez también por el regocijo de la cumbre, estamos hambrientos, sedientos, mal dormidos y frecuentemente hay tormenta. Nuestro margen de seguridad es pequeño.
El infortunio acompaña al alpinista que ha derrochado hasta el último resquicio de su fuerza para llegar a la cima. Las reservas de energía que se necesitan para bajar son el puente hacia el futuro del alpinista. Las montañas rara vez perdonan los errores cometidos en el descenso.

Cumbre en el Cerro Torre - Foto del libro

Los momentos de cumbre están al margen. Hay muy pocas cumbres en la vida y muchas menos en la vida alpina. Pero el éxito en la vida alpina no esta medido en cumbres, y las cumbres tampoco son el lugar adecuado para festejar un ascenso exitoso. Este debe ser celebrado en la calidez, el confort y la seguridad de un bar o una carpa lejos del peligroso abrazo de la montaña.
“La montaña solo nos pertenece cuando hemos regresado al valle, antes somos nosotros los que pertenecemos a la montaña” (H. Kammerlander). Esto no quiere decir que las cumbres no signifiquen nada, solo que no pueden ser apreciadas completamente sin sobrevivir y con perspectiva.
Cumbres. Te morís de ganas de llegar ahí, pero cuando lo hacés, no pasa nada. No hay ninguna banda tocando. Vos escalás y de repente podes ver la ladera del otro lado de la montaña. Pero no hay ninguna revelación espiritual que acompañe a esa vista, y cierta parte de mi hasta se resiste a llegar a la cumbre. Algo verdaderamente hermoso –el ascenso- se ha perdido para siempre, pasado, y no se puede recobrar nunca más. Mis recuerdos de mis cumbres patagónicas no son los recuerdos alpinos más importantes para mi. Mis recuerdos de los ascensos lo son, escalar un tramo difícil de roca o hielo, los picos grandes a mi alrededor, mi atención focalizada como un láser, la duda sobre “si vamos a lograr la cumbre”, y el tiempo siempre amagando con empeorar. Irónicamente, estos son los momentos que trato concientemente de evitar. Si fuese “supermacho” diría: tirame con todo lo que tengas, sin embargo, en los momentos inseguros, cuando el miedo me sube por la garganta, cuando el deseo se instala en mi corazón, cuando la cumbre es solo un “quizás”, no tengo el valor de pedir algo semejante.
Cada vez que estoy ahí arriba espero, ruego, por una escalada fácil. Espero escalar y descender sin sobresaltos, sin miedo, sin tormenta. Pero yo se que soy el mejor hombre que puedo llegar a ser en esos precisos momentos de máximo miedo y duda.
Una cumbre finaliza todo eso. Una cumbre apaga la canción del ascenso en mis venas. En una cumbre paramos, sacamos algunas fotos, compartimos algo de comida y agua (si es que tenemos), y luego bajamos. Mi deseo secreto no es estar en una cumbre para siempre, es estar encerrado para siempre en el filo más exigente del ascenso.


Cerro Torre - Patagonia - Foto del Libro

El alpinismo es muy simple: soñar con la montaña, ver la montaña, subir la montaña, volver de la montaña e ir a casa. Tan simple y sin embargo tan extraordinariamente complejo.
Los alpes son la cuna del deporte, y en esos viejos tiempos la escalada era solo alcanzar las cumbres. Pero el mundo de la escalada moderna se ha dividido en muchas especialidades y subespecialidades. Hay escaladores de roca que nunca van a sentir el frío y escaladores de bigwall que escalan agujas que lleva días llegar a la cumbre. Hay escaladores de hielo, deportivos, guías, escaladores solitarios, escaladores en solo integral, de competición. Hay escaladores que nunca se aventuran más allá de unos de pocos cientos de metros de sus autos, y hay escaladores que hacen poco aparte de hablar. Todos a su propia manera son escaladores. Los alpinistas son los que engloban todos los tipos de escalada en el juego de la escalada. Los alpinistas deben cultivar una actitud de trabajo y auto superación en todas las facetas de la escalada. Ser alpinista es un camino largo de constante aprendizaje. Lleva años adquirir estas habilidades. Las mayores recompensas en la escalada –en plata o en gloria- van para los reyes o reinas de cada especialidad en particular. El alpinista es el “Maestro de la nada”, y todas las recompensas tangibles lo esquivan. Esto es algo muy bueno, porque el extremo peligro del alpinismo hace a la búsqueda de plata o gloria un juego de ganancia nula. Aquellos que escalan por razones equivocadas, o que eligen presionarse por motivos equivocados, es muy probable que encuentren su final en la montaña.
Grados alfanuméricos miden relativamente el progreso y las habilidades de los especialistas, y estos números les permiten publicar cometarios y comparaciones. Lo más difícil de “esto”, lo más extremo de “aquello”. Hay algo de verdad en estas estadísticas, pero todas ellas cuentan historias sin alma. Hay muy pocas valoraciones de cantidad relevantes en el alpinismo.
La dificultad le interesa al alpinista, quien no necesariamente busca la forma más fácil de subir a la cima. El alpinista corta la cuerda del confort y la seguridad del mundo de abajo y asciende a lo desconocido, a veces literalmente en una ruta nunca antes escalada, o más a menudo, virtualmente introduciéndose muy profundo en una exploración interior que alcanza extremos nunca antes pensados. Este juego alcanza su estado de máximo esplendor cuando ambas dos ocurren. La duda es crucial para el alpinismo, un ascenso lejano al límite de nuestras posibilidades se vuelve en “certeza” desde el principio. Hay muy poco honor en un triunfo que era “certeza” desde el comienzo, hay mucho más para ganar un fracaso que era “una posibilidad” desde el principio. Encarando la duda y su compañera el miedo el alpinista asciende. En su camino resulta una sorpresa aprender que caer no es el mayor peligro para el alpinista. Cada escalador controla internamente esto, y siempre tiene la posibilidad de retirarse si un tramo de la escalada le es muy difícil. La escalada es un deporte de control, y sus mayores riesgos son los “peligros objetivos” que no podemos controlar: clima, desprendimientos y objetos que caen. El mal tiempo nos puede matar por congelamiento, volarnos de la pared, generar amontonamientos de nieve y hielo que pueden causar una avalancha, o llevarnos a situaciones de extrema incomodidad que nos lleve a tomar una desición estúpida que comience una letal cadena de errores. Extrañamente, si el clima es muy bueno también nos puede matar, si hay una ventana de buen tiempo con temperaturas templadas por mucho tiempo puede causar que el hielo y la nieve liberen rocas dejándolas caer. La intuición generada por una larga experiencia es la carta que jugamos contra los elementos que no podemos controlar, y hasta los mejores alpinistas que conozco confían en los mandatos de su intuición.
Una cima bonita, una linda línea de ascenso, y un alpinista dando sus mayores esfuerzos en una montaña lejana a la “certeza”, son una combinación de extrema belleza que elude toda estadística.
No existe una aventura alpina que sea la mejor y la última. Nunca va a haber un triunfo coronador, una victoria final, una cima perfecta. No espero encontrarme con la ciudad sagrada, no creo en el paraíso, no hay nada que yo busque ahí. El sol templado, la panza llena, el agua fresca solo encienden la chispa de nuevos sueños con nuevas montañas. Ni siquiera puedo pensar en la posibilidad de una existencia en el “plano”.
Algo de auto conocimiento es todo lo que podemos esperar de la vida, y no es poca cosa. Y en mayor medida el mayor auto conocimiento acumulado en mi vida proviene de mis aventuras en la montaña. El miedo y el poder infinito de la naturaleza son nuestros adversarios, la esperanza y el deseo nuestras mayores armas, y la resistencia nuestra única gloria. No se si escalar me hace una mejor persona, no tengo evidencia de eso, pero quiero creer que así es y en pos de esa esperanza abandoné mucho de la existencia común de los hombres. No vale la pena morir por las montañas, pero si vale la pena arriesgar por ellas. No cometer errores. Mi mayor logro alpino es morir en una cama, viejo, riendo y hablando pavadas hasta el último aliento. Habiendo vivido una vida de buenos ascensos y descensos controlados, quizás pimentados con algunas cimas, quizás no; antes de llegar al final, a esa inevitable expedición. Y espero encontrar montañas ahí también.
Greg Crouch

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